08 de Agosto de 2020

"Formar buenos cristianos, honestos ciudadanos". Don Bosco

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Fiesta de la Gratitud en el espíritu de Don Bosco

El año 1847 y el 1848 los alumnos internos se conformaron con leerle algunas breves y cariñosas composiciones de felicitación, y los muchachos externos le ofrecieron algún ramo de flores, En efecto, el año 1849 hubo quienes tuvieron una feliz idea. Carlos Gastini y Félix Reviglio se pusieron de acuerdo secretamente y, durante varios meses, ahorraron chuchearías, guardaron celosamente sus pequeñas propinas y lograron comprarse dos corazones de plata. Estaban preocupados por no saber dónde presentarle su regalo; querían además que los otros no descubrieran su secreto para que resultara algo inesperado por don Bosco. Era ya la vigilia de la fiesta de San Juan. La habitación de don Bosco estaba al lado del dormitorio de los alumnos, porque él quería tenerlos siempre a la vista. Cuando todos los compañeros dormían, Gastini y Reviglio fueron a llamar a la puerta de don Bosco, el cual, aunque era muy tarde, estaba todavía en pie. Respondió que entrasen. Pensad su maravilla y emoción al ver que le presentaban aquellos dos corazones de plata y oír las pocas y cordiales palabras de felicitación de aquéllos sus dos buenos hijos. Por la mañana todos los compañeros se enteraron del original obsequio y propusieron que, para el año siguiente, habría de organizarse una fiesta bonita por todo el Oratorio.
Entre tanto, aquel día resonaron con más alegría los himnos compuestos por el teólogo Carpano y que los muchachos cantaban en toda ocasión por donde quiera que fueran:

Vamos, compañeros, don Bosco os espera:

de gozo se llena vuestro corazón.
El tiempo agradable invita a gozar:
corramos amables, reíd y cantad.
Pronto, vayamos deprisa, llena el alma de contento;
no se atreva ni un lamento vuestro labio a proferir.
O bien. Viva don Bosco que nos conduce hasta la cumbre de la virtud
que en su alma grande brilló la luz.
Luzcan sus rayos en nuestros ojos,
arda la llama de nuestro amor,
para don Bosco nuestro Pastor.

Los años siguientes se organizó una comisión, hicieron una colecta los muchachos internos y externos y empezaron a comprar algún regalo para ofrecérselo al amado padre. Después, al atardecer de la víspera de la fiesta de San Juan Bautista, si caía en domingo, o si no, el mismo día del Santo, se reunían todos delante de la casita, con gran solemnidad, música y entusiastas ovaciones. Empezaron a cantarle, aplaudirle y llevarle ramilletes de flores. Don Bosco les dejó hacer, y así se continuó durante toda la vida.” Desde 1849 en adelante, cada año se cantaba un himno nuevo, compuesto por un experto maestro.
Una comisión de los mayores subió en el 1850 a la habitación de don Bosco y leyó la primera composición para la entrega del regalo, como demostración de su agradecimiento. Se asomó después él al balcón y no resulta fácil describir el regocijo de mil corazones sinceros y encariñadísimos, de los que brotaban los más puros y filiales sentimientos, que sólo la caridad puede fomentar. Don Bosco les dirigió palabras de agradecimiento y, a continuación, se cantó un himno. La fiesta se repitió durante algunos años con idéntico programa, mientras los alumnos internos no dejaban de dedicarle una velada sencilla en familia. Pero no pasó mucho tiempo, hasta que esta fiesta adquirió unas proporciones fantásticas, los regalos, la lectura de muchísimas composiciones y las cartas individuales de agradecimiento, de promesas, de súplica, de petición de consejos, todas henchidas de afecto, cartas que don Bosco conservaba con cariño.

Recién en 1886 “el día de San Juan Evangelista se pusieron de acuerdo todos los aprendices para celebrar por vez primera el verdadero día onomástico de Don Bosco. Cada taller le mandó su felicitación, firmada por todos los aprendices y sus respectivos maestros y asistentes. Cada uno prometía comuniones, visitas a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y otras oraciones.”

Con el tiempo, los ya antiguos alumnos comenzaron la costumbre de reunirse familiarmente en torno al Padre y, luego de la comida brindarle diversos agasajos.

El mes de agosto nos invita a conocer sobre los orígenes de la Fiesta de Don Bosco, momento culminante en toda Casa Salesiana que ha expresado, a lo largo de una rica tradición, el sentimiento de gratitud hacia el Padre fundador. Don Bosco, al dar su vida por los jóvenes, supo “hacerse amar”, y ese amor fue expresado con profunda sencillez y naturalidad por los jóvenes desde los primeros años del Oratorio.

Los que crecieron en ambientes salesianos recuerdan con qué desborde de alegría se celebra cada año la «Fiesta de la gratitud»: con banda y coro, con teatro y juegos especiales, mientras banderines de todo el mundo engalanaban patios y corredores. Era una herencia de los tiempos de Don Bosco: «Estas fiestas - decía - hacen mucho bien a los jóvenes, inspirando en ellos el respeto y el amor hacia sus Superiores». Don Bosco vivió profundamente el sentimiento de la gratitud y lo supo inculcar en sus muchachos.

La palabra «gratitud» está emparentada con las palabras «gracia», «gratis», «gratuidad». En la vida todo es gracia, todo lo recibimos gratis. A través de la familia, de la escuela, de la sociedad, de la Iglesia, es Dios quien nos lo da todo gratuitamente.
« La gratitud en los niños - escribió Don Bosco - es presagio de su feliz porvenir. Un muchacho que tiene sentimientos de gratitud seguramente tiene también las otras virtudes». Era víspera de Navidad; en las «buenas noches» Don Bosco exhortó a los alumnos a recordar a sus padres ausentes, que tanto cariño les tenían, los sudores, los gastos que hacían para proporcionarles una esmerada educación; y el respeto, la obediencia y el amor que, como hijos, estaban obligados a devolverles. Los exhortó a todos para que escribieran una cartita a los padres, en la que manifestaran el afecto que por ellos sentían y pidieran perdón por los disgustos que de alguna manera les hubieran causado.
Su gratitud subía frecuentemente hasta María Santísima, la señora y pastorcita de sus sueños, la «inspiradora y guía» de toda su obra, la que obraba milagros y maravillas.

Pero todas esas expresiones de sincera gratitud no eran simples gestos de cortesía humana; tenían su raíz en una visión de fe. Esa fe Juanito Bosco la había aprendido de Mamá Margarita: «Dios nos ve, Dios nos ama, nuestra vida se desenvuelve en su presencia, él es cariñoso con sus criaturas, es providente, no nos dejará faltar lo necesario en el momento oportuno». Don Bosco estaba convencido de que el Señor le había confiado una misión especial para los muchachos; en sus sueños juveniles Dios le pedía que se fiara de él, le aseguraba que no le faltaría su ayuda. Y Don Bosco se fió. Aun en los momentos más duros de su vida, y fueron muchos, Don Bosco siguió creyendo que la obra era de Dios y que él no le fallaría. Por eso pudo vivir esa espiritualidad optimista, en la que cabía la alegría, el buen humor, la gratitud, la confianza. Y Dios no le falló: para su proyecto educativo Don Bosco se sintió muy acompañado por gente de toda clase y  pudo realizar obras grandiosas.
Cuando murió, ya tenía consigo a 750 salesianos, sus obras asentadas en doce países de Europa y América, y una legión de cooperadores y bienhechores.

Al final de su vida, con lágrimas en sus ojos, Don Bosco reconoció: «¡Todo lo ha hecho Ella!»

Contó siempre con la ayuda de la Virgen, María Auxiliadora. Estuvo convencido de que el fue sólo un instrumento en manos de Dios. Pidió: "Invocad a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" - afirmaba continuamente. En su honor construyó un gran templo en Turín y en su nombre realizó muchos milagros.

San Juan Bosco, es el santo de la juventud, el amigo de los jóvenes. Con su sistema educativo, basado en la razón, el amor y la religión, muchos encontraron la felicidad y agredieron a ser buenos cristianos y honrado ciudadanos.

Que esta sea una forma de decirle a nuestro amigo: ¡Gracias, Don Bosco por todo lo que has hecho y sigues haciendo por la juventud!
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